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La importancia de atender la incontinencia urinaria en la tercera edad

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Las pérdidas de orina son episodios relativamente frecuentes entre las personas de la tercera edad. Causadas por la incontinencia urinaria no tienen por qué ser motivode preocupación en sí, más allá del engorro que puede suponer a quien las sufre, pero a veces sí revelan la existencia de otras patologías graves que pueden no haber sido aún diagnosticadas y se encuentran ocultas.

La incontinencia urinaria es la pérdida de la continencia urinaria que se aprendemos a conseguir cuando somos niños y en la que intervienen dos elementos del cuerpo como la vejiga y la uretra. La primera alberga la orina producida, mientras que la segunda soporta la presión para que no se escape hasta que lo deseemos voluntariamente.

Entre los mayores, la continencia no es tan evidente como entre el resto de las personas y para que se pueda dar, tanto la vejiga como la uretra han de encontrarse en buenas condiciones y además, los mayores tienen que contar con la habilidad y la motivación para poder orinar.

En todo caso, las razones por las que una persona de edad avanzada puede no ser capaz de contener la orina no siempre se debe a razones relativas con el aparato urinario. También pueden influir en la incontinencia otros órganos como el aparato locomotor, el sistema nervioso y el aparato reproductor, entre otros, o circunstancias como la posibilidad de que sufra de una cierta demencia, falta de movilidad o una notable ingesta de medicación.

Aproximadamente una de cada cuatro personas mayores sufren de incontinencia, proporción que se incrementa notablemente entre aquellas que se encuentran hospitalizadas y más aún entre quienes viven en residencias geriátricas, pudiendo llegar en este caso a más de una de cada dos.

Es una patología más frecuente en las mujeres que en los hombres en una proporción de casi tres a uno, aunque la diferencia se iguala cuando llegan a ser octogenarios y más aún entre los que viven en geriátricos. Asimismo, la frecuencia y la intensidad con la que se produce la incontinencia urinaria también se incrementa con el paso de los años.

Más allá de la molestia que supone la incontinencia urinaria entre los mayores, esta puede llevar a que quienes la sufren padezcan problemas añadidos como empeoramientos emocionales y físicos. No es infrecuente que se den cuadros de depresión y ansiedad o que se produzca rechazo social por parte de quienes tienen un trato habitual con quien sufre la incontinencia. Es por tanto, una patología que cuenta con derivadas más preocupantes que la propia incontinencia en sí. Además, quienes la padecen están más expuestos a sufrir caídas, y por lo tanto fracturas, como consecuencia de la urgencia que sufren por evacuar cuando se ven sorprendidos por la necesidad de hacerlo.

La buena noticia es que alrededor de un 30-40% de los casos no solo es tratable sino que puede revertirse. Para ello es muy importante acudir al médico de familia en cuanto se detecten los primeros episodios de incontinencia y que sea el doctor quien derive al paciente al especialista.

Cómo ayudar a los que la padecen

En las personas mayores hay que distinguir dos grupos claros de entre aquellos que sufren la incontinencia urinaria. Por un lado, aquellos cuyo estado de salud es muy precario o que tienen alguna clase de problema neurológico y, por otro, los que no tengan cuestiones de salud relevantes.

En el caso de los primeros no suele ser sencillo revertir su patología y por ello se les debe facilitar el equipamiento necesario para que se mantengan secos en todo momento, tales como colectores y pañales. Las sondas, sin embargo, no están aconsejadas salvo en personas que se encuentren en situaciones terminales.

Quienes no cuentan con problemas de salud importantes pueden ser sometidos a tratamientos para la solución o mejora de su incontinencia. Normalmente el especialista puede prescribirle la medicación más adecuada, recomendarle cambios en el estilo de vida, en la dieta o incluso en aspectos higiénicos. Asimismo, es frecuente que se prescriban ejecicios para fortalecer el suelo pélvico, así como para modificar las costumbres.

Es necesario también que el entorno en el que se mueva habitualmente el mayor se adecúe lo más posible a sus necesidades eliminando barreras arquitectónicas si las hubiera, eliminando posibles dificultades a la hora de que se acomode en el sanitario e instalando asideros si se consideraran necesarios. También es recomendable explicarle con normalidad y sin tapujos la situación, facilitarle una vestimenta cómoda y sencilla a la hora de ponérsela y quitársela, convenir una rutina temporal a la hora de orinar, explicarle la conveniencia de utilizar pañales si fuera adecuado, animarle a realizar un cierto ejercicio físico moderado, preparar juntos una dieta adecuada y sin elementos excitantes y reducir la toma de líquidos unas horas antes de acostarse.

Cualquier cambio en las costumbres que se proponga o se vaya a realizar a de contar con el conocimiento de quien padece la incontinencia urinaria y con su colaboración para que el éxito de las medidas sea mayor.

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